Hace mucho tiempo en México hubo un pequeño lugar, hubo un presidente llamado Porfirio Díaz, que él empezó su gobierno como cualquiera, pero le gusto el dinero que salía de lo que gobernaba pero a los más ricos les dio más poder por que ellos eran los más poderosos, ellos tenían haciendas y fabricas y eso era lo que le generaba mucho al gobierno y dentro de esas haciendas avía unos lugares donde los peones que trabajaban ahí, iban a comprar todo lo que necesitaban, como era ropa, alimento y todo lo demás pero en esa tienda eran unas deudas interminables ya que las deudas pasaban de generación en generación, por lo tanto eran impagables, es mas muchas familias quedaron a deber, pero si no pero si hubiera sido por la revolución nunca se ubieran pagado esas deudas.
Las tiendas de raya eran eso, unas tiendas donde los peones de las haciendas y se les llamo así por que la moneda que se usaba era la de raya y esto comenzó cuando Porfirio Díaz vio que los peones necesitaban un lugar donde comprar sus cosas, pero para que se pusieran estos lugares el gobierno les dio un cierta cantidad de dinero pero los hacendados compraban lo peor que ´pudieron encontrar, además de que era lo más caro posible yo opino que si las tiendas de raya no hubieran empezado en ese tiempo y que lo que vendieran ropa de mejor calidad además los productos fueran de mejor calidad, además yo digo que si les hubieran pagado mas no abría tantas deudas, pero aunque eso no le convenía al gobierno de Porfirio Díaz.
Tiendas de raya
Las tiendas de raya eran precisamente eso, "tiendas" que vendían diversos bienes a los peones que trabajaban en las haciendas henequeneras de México en el siglo XIX. El nombre de "raya" es porque la moneda de cambio en esas tiendas era precisamente la "raya", que es una manera de llamar al salario diario que se le daba a los trabajadores de esa época (peones). Las tiendas de raya trabajaban de la siguiente manera: Eran establecimientos que generalmente eran administrados por el patrón de la hacienda, vendían los productos a precios exorbitantes y de una calidad pésima. Por ejemplo, John Kennet Thurner en su libro "México Bárbaro" nos cuenta que los pantalones que vendían a los peones para trabajar eran muy duros, raspaban la piel, (estaban hechos con fibra de henequén), y además duraban menos de un mes sin que se rompieran. Vendían además frijol, maíz, aves, huevos, etc., pero a precios que superaban por mucho la "raya" que el peón recibía. Es decir, si un peón ganaba 1 peso de raya diario, un pantalón costaba 5 pesos, por lo que los peones vivían endeudados por siempre, y en caso de muerte la deuda pasaba a sus hijos y/o nietos.
Las tiendas de raya vendían los productos que el peón necesitaba para vivir a diario, ya que como recordamos, las haciendas en aquél tiempo, aparte de estar muy alejadas de los poblados, sometían a sus peones a periodos de trabajo que más se acercaban al esclavismo que a un trabajo normal, incluso el mismo autor comenta que en la gran mayoría de las veces el peón ni siquiera tenía permitido el salir de la hacienda, y cuando alguien se escapaba de la hacienda era buscado y asesinado. Por ello, las tiendas de raya no eran una opción para el jornalero (peón) eran una necesidad, porque si no compraban ahí, no había otra manera de adquirir bienes. La Tienda de raya era un establecimiento de crédito para el abasto básico, ubicada junto a las fábricas o haciendas y donde los obreros o campesinos eran obligados a realizar sus compras. Se conocieron como tiendas de raya pues la gran mayoría de los trabajadores era analfabeta y en el libro de registro de pago de nómina ponían una raya en lugar de su firma.
Las tiendas de raya en México tuvieron auge a finales del siglo XIX y principios de XX durante el gobierno de Porfirio Díaz, quien dio amplias concesiones a empresarios y hacendados, nacionales y extranjeros, para explotar los recursos naturales.
Las tiendas de raya eran propiedad de los patrones y ahí expendían comestibles, licores y ropas de baja calidad. El pago a los trabajadores se hacía mediante vales que sólo se podían canjear en la tienda de raya del patrón, quien recuperaba todo el dinero erogado en pagar los sueldos ya que por lo general revendía los productos a un precio más alto. Cuando al trabajador, que recibía salarios muy bajos por exhaustivas jornadas, no le alcanzaba para pagar los productos que permitieran su subsistencia y la de su familia, se veía obligado a comprar a crédito con un alto interés y así adquiría una deuda que, si en vida no la pagaba, era heredada a su descendencia o a otros familiares.
El trabajador no podía cambiarse de hacienda o fábrica sin antes saldar la deuda y si llegaba a escapar era perseguido por la policía para llevarlo de regreso.
También era común que los patrones embriagaran a los trabajadores hasta que gastaban todo su dinero, entonces los productos básicos eran vendidos a crédito.
Otro abuso frecuente de los patrones era causado por el analfabetismo de los trabajadores que eran engañados al momento del pago de salarios y el cobro de deudas.
Desde las primeras insurrecciones obreras y campesinas de la revolución promovida por el Partido Liberal Mexicano el saqueo y la destrucción de la tienda de raya era obligatorio. Cuando el levantamiento armado se generaliza en la Revolución mexicana de 1910 el odio acumulado tras años de explotación se dirigía, principalmente, a las tiendas de raya y sus administradores. Cobrar un sueldo en la tienda de raya, se decía "rayar"; a principios del siglo XXI, en México los obreros aún suelen emplear el término como sinónimo del cobro de salario, aun cuando no sean analfabetos.
También es común todavía que los trabajadores reciban parte de su sueldo en vales que deben ser canjeados por productos en almacenes con los que el patrón ha pactado previamente sin consultar a los trabajadores.
A las “tiendas de raya” se les asocia con las haciendas de la dictadura porfirista. En ellas cobraban y gastaban los campesinos su salario y en ellas se endeudaban y terminaban esclavizados a los privilegiados. Pero “la tienda de raya no [era] un simple abuso de 1os hacendados” escribe Friedrich Katz citando a Luis Cabrera; era “una necesidad económica del sistema”.
En el siglo 21 las tasas de ganancia del sistema dependen de la explotación que un buen número de empresas públicas y privadas hacen de los consumidores; una especie de peones acapillados posmodernos. La telefonía, la banca, las televisoras privadas, la electricidad, las inmobiliarias, entre otros, han diseñado métodos altamente sofisticados para capturarnos en sus redes y extraernos recursos con mecanismos que van de lo burdo a lo sofisticado. El sistema funciona porque los partidos políticos también están atrapados en las redes de interés y por lo general toleran leyes y prácticas en beneficio de los poderes fácticos. Por ello resulta tan excepcional y sorprendente que los partidos estén a punto de aprobar una reforma electoral que rompe su vasallaje frente a los medios electrónicos.
En el año 2005 dos diputados del PRI, Francisco Arroyo Vieyra y Eduardo Alonso Bailey Elizondo, presentaron una iniciativa para cambiar la Ley Federal de Protección al Consumidor. Justificaban las modificaciones en que “el sector de la vivienda se ha[bía] visto seriamente afectado” lo cual era falso porque en el sexenio del dicharachero presidente Fox la construcción fue una de las áreas más dinámicas. Los diputados priistas querían darle cuello a la ley vigente porque protegía a los consumidores y eso “representaba un riesgo evidente” para el “sector de la vivienda”.
Los cambios defendían los intereses de las inmobiliarias endureciendo, por ejemplo, las condiciones impuestas al comprador de una casa para quejarse por defectos en la construcción. También le quitaban a la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) la facultad de “ordenar al proveedor” quitar la publicidad o información mentirosa. Esa facultad, por cierto, fue la utilizada por la Profeco para frenar hace unos meses a los magos y adivinos que engañan televidentes. En suma, una ley hecha a la medida de las empresas y en detrimento de los millones que pasan privaciones para cumplirse el sueño de la casa propia.
La iniciativa se convirtió en Ley el miércoles 14 de diciembre de 2005. Era el último día de sesiones y sin discutirla fue aprobada con los votos en contra de la fracción del Partido Acción Nacional (PAN). Estuvieron a favor el Revolucionario Institucional, el Verde y los tres partidos que en 2006 crearían el Frente Amplio Progresista: Partido del Trabajo, Convergencia y el Partido de la Revolución Democrática. Se reconfirma que diciembre de 2005 fue el “Mes de la izquierda descuidada”. En aquellas semanas la fracción del PRD, dirigida por Pablo Gómez, votó todo lo que le pusieron por enfrente: la Ley Televisa y unas reformas que lesionan a millones de consumidores. En el Senado pasó lo mismo: el 26 de abril de este año fue aprobada sin discusión.
El atraco se hubiera consumado de no haber sido porque uno de los diputados panistas que votó en contra, Antonio Morales de la Peña, fue nombrado procurador de defensa de los consumidores. La Profeco trabajó varios meses con la Consejería Jurídica de la Presidencia para generar el primer veto de Felipe Calderón a una ley que lesionaba el interés general. Una decisión positiva que compensa en algo las medidas que generalmente toman los gobiernos panistas a favor del sector privado.
El voto y el veto me llevan a discutir un misterio. ¿Por qué si el PRD quiere ser el abanderado de las mayorías no le dedicó atención a una ley que desde la exposición de motivos favorecía a unos cuantos en perjuicio de toda la población? En este caso puede tratarse de un descuido, pero en términos generales la izquierda mexicana en el Congreso no pareciera saber cómo manejarse frente a la economía de mercado a la cual rechaza de manera impulsiva porque la ven como sinónimo de desigualdad. Como en su programa tampoco está sustituirla se refugia en una evasión que termina facilitando los atracos a los consumidores.
Un filósofo español, Daniel Innerarity escribió una columna en la cual propone que la izquierda debe utilizar las reglas de la economía de mercado para combatir la desigualdad. Así, reivindica que la competencia es un “auténtico valor de izquierda” porque se la puede utilizar para enfrentar a los monopolios públicos o privados; sobre todo cuando éstos han dejado de proveer bienes en “condiciones económicamente eficaces y socialmente ventajosas” (“Salir del pesimismo”, El País, 7 de Septiembre de 2007).
Un razonamiento idéntico podría hacerse sobre los consumidores. En la medida en la que se les defienda frente a los productores se incrementan sus ingresos y se contienen los excesos de un liberalismo que favorece a los productores. En La riqueza de las naciones (1776) Adam Smith ya sostenía que “el consumo es el sólo propósito y fin de la producción”, pero que “el interés del consumidor es constantemente sacrificado en pos del interés del productor”.
Nuestra Constitución está plagada de buenos deseos y en el artículo 28 se dice que “la ley protegerá a los consumidores”. Precepto ignorado porque ningún partido incorpora la idea en sus programas y sólo se involucran en casos aislados. En la historia aquí contada un Gobierno de derecha defendió el bien común mientras que la izquierda no entiende que los obreros, los campesinos y los ciudadanos también somos consumidores.
La miscelánea
Las leyes sirven de muy poco cuando las instituciones carecen de la voluntad para hacerlas funcionar. Aunque el artículo 35 de la Ley de Protección al Consumidor faculta a la Profeco para que suspenda la publicidad mentirosa, ésta sigue permitiendo a Sky anunciar que transmitirá el cien por ciento de los partidos de la Liga de Futbol de España, lo cual es falso. A la Profeco, como a otros organismos públicos que defienden derechos, les falta consistencia en su compromiso
Ah, pero no todo era color de rosa. Si fueras un peón acasillado, tu jornada comenzaría muy temprano, a las tres o cuatro de la mañana. Y no saltarías de la cama por la simple y sencilla razón de que no había colchones para los campesinos de aquel entonces. Dormirías en el piso, sobre un petate, acaso envuelto por mantas viejas y raídas.
.....Algo falta explicar. Un peón es el trabajador que sirve para todo lo que requiere fuerza, aunque le falte arte o alguna habilidad especial. Acasillado significa que vivirías en la misma hacienda, en alguna de las cabañas o chozas que el patrón ponía a la disposición de sus empleados.
.....Pues bien: una vez de pie y antes de despuntar el sol, te ocuparías de construir o reparar cercas, cavar zanjas, arar tierra, ordeñar vacas, cortar madera, acarrear piedras y hacer cualquier otra cosa que fuera necesaria para el funcionamiento de la unidad productiva. A eso de las diez de la mañana tendrías derecho de almorzar un montón de tortillas, algo de frijoles con chile y un jarro de atole o de pulque, según la región donde vivieras.
.....Transcurrida una media hora tendrías que continuar con la diaria labor, so pena de que el capataz pensara que eres muy perezoso y cayera en la tentación de asignarte un castigo: trabajo adicional, en el mejor de los casos, o una buena tunda. A media tarde disfrutarías de otro rato para volver a comer y recuperar fuerzas. Más frijoles, tortillas, chile y cualquier líquido de muy bajo costo. Una vez concluida la comida, de vuelta al trabajo hasta el anochecer: hora en que la falta de luz no permitiría continuar. Jornadas de unas dieciséis horas de trabajo, en pocas palabras
A no ser que fueras el hijo heredero del terrateniente, no tendrías muchos ratos libres, con excepción de la hora de la misa que se ofrecía en la misma capilla del lugar cada domingo. Vacaciones no había y tampoco tiempo de ocio. Toma en cuenta que, en calidad de peón acasillado, tendrías que pagar el equivalente de tu renta con algo de trabajo extra, así se tratara de la choza más miserable. Funcionando de esa manera las cosas, no había razón para preocuparse por el aburrimiento, ya que nunca faltaría en qué emplearse. Labor para ti y para el resto de la familia, ya que todos eran beneficiarios de la “generosidad” del patrón.
Pero qué tal el día de raya? Magnífico acontecimiento sabatino en el que verías reunido todo el fruto de tu empeño.
.....¿Un montón de relucientes y hermosos billetes?
.....¡Para nada! En todo caso unos vales manuscritos con los que podías comprar en el establecimiento que era propiedad del mismo hacendado. La deplorablemente famosa: tienda de raya. Un almacén mal surtido, pero con las cosas suficientes como para que pudieras sobrevivir tú y el resto de tus parientes. Manta, sarapes, lazos, cazuelas, sombreros, cucharas, herramientas, semillas y granos, eran lo común en su dotación.
.....Lugar donde no te haría falta dinero contante y sonante, porque bastaría con presentar los vales cobrados. Aunque con toda seguridad serían insuficientes, puesto que los precios asignados a cada artículo eran más elevados en comparación con los de cualquier otro sitio. Una ganancia adicional para el rico propietario, que además le representaba otra enorme ventaja. Sus peones nunca ganaban lo suficiente como para quedar a mano y se tenían que endeudar. Piensa cómo sería. Cobrabas cinco pesos por el trabajo de toda una semana y gastabas todo. Ah, pero con la necesidad de contraer, además, una deuda por tres pesos más para complementar lo que necesitabas.
.....¿Cómo se podía pagar? Muy simple: con más trabajo.
.....¿A qué hora? ¿Cómo ganarle tiempo a los días?
.....No había problema, cuando ya no te quedara un minuto libre, entonces ganabas una obligación adicional. No podrías dejar tu sitio en la hacienda hasta no saldar el adeudo.
.....¿Como un sistema de esclavitud?
.....Más o menos, aunque legalmente seguías siendo persona libre. Condenado a trabajar por el resto de la vida en ese sitio, ya que en lugar de disminuir la cantidad de dinero comprometido, lo más probable es que creciera. Y como nadie estaba a salvo de sufrir una enfermedad o tener una urgencia que implicara gasto, eso hacía obligatorio pedir dinero por adelantado.
.....Una deuda acumulable que crecía hasta llegar el momento de morPor supuesto que no. Fallecido el endeudado original, el compromiso persistía; si no, para qué eran los hijos, herederos de los aprietos económicos que el peón acasillado había acumulado en su infeliz existencia.
.....Imagina el destino terrible del peón. Condenado a trabajar todos los días de la vida y sabiendo que al morir tendría una deuda —tan grande o tan pequeña, la cantidad no importaba realmente— que obligaría a los hijos a continuar entregando la vida a la hacienda. Maldición igual para cada una de las siguientes generaciones.
.....¿Verdad que así, en esas condiciones, la vida campirana ya no se antoja tanto? Quizá lo explicado nos ayude también a entender por qué, al surgir la Revolución Mexicana, muchísimas haciendas —principalmente del centro del país— fueron quemadas o derruidas por los mismos campesinos que habían vivido acasillados en ellas, y que posiblemente después volverían a ser dueños de la tierra que algún día les fue quitada.
.....Piensa en la cantidad de rencor acumulado. Tan grande como los débitos, las jornadas trabajadas, los despojos, el cansancio y las vidas robadas. No es casual que el lema de Emiliano Zapata fuera: ¡Tierra y Libertad!vEn México, las tiendas de raya eran usuales durante el porfiriato. Consistían en establecimientos propiedad del dueño de una hacienda y donde era obligatorio, para los peones que trabajaban para dicha hacienda, adquirir allí las mercancías de primera necesidad, que eran más caras, de pésima calidad y que hacían que los peones estuvieran generacionalmente endeudados con el patrón. En muchos sentidos, estos establecimientos violaban una libertad de la persona: elegir libremente donde comprar. Ahora bien, la cadena de supermercados Walmart ha modernizado las reglas de la tienda de raya: a los trabajadores (asociados, pero finalmente trabajadores) se les otorga como parte de su salario (de risa, casi simbólico) vales electrónicos, pero dichos asociados sólo pueden adquirir artículos en las tiendas filiales del lugar donde laboran (Aurrerá, Walmart, Superama, Sams, Vips, Soriana, etc.), sin que ellos puedan elegir libremente en dónde adquirir sus artículos de primera necesidad, que pudiera ser que en otras tiendas sean más baratos (por la competitividad) que en las tiendas de dicha cadena. Incluso la libertad de adquirir sus compras elementales en otro lugar que no sea un supermercado.
Además, las condiciones de trabajo son difíciles para los empleados de las baja esferas, así como los salarios tan bajísimos que perciben, sin que puedan ser merecedores de estímulos económicos o al reparto de utilidades (porque no se obtuvieron las ganancias esperadas, solo se les otorga un risible bono de mil pesos, cuando las utilidades anuales de la cadena Walmart es de miles de millones de dólares), y la prohibición de que los asociados (trabajadores) puedan coaligarse para formar un sindicato para defender sus intereses, el cual es un derecho para todos los trabajadores, de acuerdo a los artículos 123, fracciones XVI y XVII, y 9º, ambos de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
Ahora bien, les hacen pensar a los trabajadores de dicha cadena que no pueden sindicalizarse porque participan de una u otra forma como “asociados” de la empresa. Sin embargo, de acuerdo con la Ley Federal del Trabajo que en sus artículos 20 y 21 establecen:
“ARTICULO 20. SE ENTIENDE POR RELACION DE TRABAJO, CUALQUIERA QUE SEA EL ACTO QUE LE DE ORIGEN, LA PRESTACION DE UN TRABAJO PERSONAL SUBORDINADO A UNA PERSONA, MEDIANTE EL PAGO DE UN SALARIO.
CONTRATO INDIVIDUAL DE TRABAJO, CUALQUIERA QUE SEA SU FORMA O DENOMINACION, ES AQUEL POR VIRTUD DEL CUAL UNA PERSONA SE OBLIGA A PRESTAR A OTRA UN TRABAJO PERSONAL SUBORDINADO, MEDIANTE EL PAGO DE UN SALARIO.
LA PRESTACION DE UN TRABAJO A QUE SE REFIERE EL PARRAFO PRIMERO Y EL CONTRATO CELEBRADO PRODUCEN LOS MISMOS EFECTOS.”
“ARTICULO 21. SE PRESUMEN LA EXISTENCIA DEL CONTRATO Y DE LA RELACION DE TRABAJO ENTRE EL QUE PRESTA UN TRABAJO PERSONAL Y EL QUE LO RECIBE”
Es decir, que independientemente como le llame el patrón, la prestación de un servicio personal subordinado es una relación de trabajo y se rige por las normas y principios que contienen las leyes laborales.
Ahora hay que preguntarnos ¿porqué si ésta empresa viola muchas leyes se le sigue autorizando para que expanda su mercado con infinidad de sucursales? ¿Acaso el Gobierno, Secretaría de Hacienda y Crédito Público o la Secretaría de Trabajo y Previsión Social no se dan cuenta de esas gravísimas violaciones del régimen jurídico mexicano? ¿Deberemos esperar un paro o protestas en las calles para que se resuelva el problema de la violación de las garantías sociales de los trabajadores?¿porqué siguen proliferando las sucursales de esta cadena, si no beneficia a la clase trabajadora? Es algo que nos costará trabajo responder, porque se involucran a personas corruptibles, a conveniencias políticas y económicas de los gobiernos, entre otras monerías más.
Pero lo peor es que esta situación no es exclusiva de esta cadena de tiendas, a todas vistas se trata de empresas extranjeras (maquiladoras, importadoras, supermercados, etc.) que compran mano de obra barata y hacen enormes fortunas gracias al trabajo mal remunerado de trabajadores mexicanos
lunes, 7 de junio de 2010
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